En la noche del 15 de septiembre, sin importar en qué ciudad del país te encuentres, o si estás en el extranjero, muy probablemente celebrarás el Grito de Independencia. ¿Te acuerdas de ese sentimiento de orgullo de ser mexicano? Es esa emoción compartida que atraviesa generaciones, presente en los partidos de la selección, cuando estás con otros mexicanos, cuando ves a los atletas en las olimpiadas o cuando algún mexicano destaca en el deporte, arte u otra disciplina; parece que los mexicanos destacamos por estar orgullosos de nosotros mismos. Y ese sentimiento no se queda encerrado dentro de las fronteras del país. Hoy viven en el extranjero más de 11 millones de mexicanos, la gran mayoría en Estados Unidos, gente que sigue cantando las mismas canciones, cocinando las mismas recetas y celebrando las mismas fechas a miles de kilómetros de distancia. Muchas de esas personas nunca han pisado el país que tanto extrañan a través de sus padres o abuelos, y aun así lo llevan tatuado en la manera de hablar, de cocinar, de nombrar las cosas. En este blog vamos a hablar de este “orgullo de ser mexicano” aunque dejando una pregunta en el tintero: con todo el dolor en México ¿hay que estar orgullosos de nuestro país? [1].
Cuestión de identidad
Ese sentimiento tiene raíces. Octavio Paz dedicó buena parte de su obra a preguntarse qué significa ser mexicano, y en El laberinto de la soledad describió una identidad forjada entre máscaras, silencios y una historia de conquista. No fuimos un país que simplemente heredó una cultura ya hecha, sino que la fuimos construyendo a partir de lo indígena y lo español, la fe católica, entre la independencia de 1810 y la revolución de 1910. Cada una de estos hechos nos dejó como resultado el mestizaje. El orgullo de hoy no debería ser nostalgia por un pasado congelado en una fecha cívica, sino la conciencia de venir de algo que costó construir siglos de trabajo, dolor y reinvención, y que sigue construyéndose cada día que alguien decide seguir aquí, o seguir siendo de aquí desde lejos.
Un México reconocido en todo el mundo
Este reconocimiento se nota en cosas muy concretas, como la cocina tradicional mexicana, reconocida por la UNESCO en 2010 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un honor que hasta ahora solo comparten un puñado de gastronomías en el mundo entero. A esa distinción se suman otras doce expresiones culturales mexicanas reconocidas internacionalmente por la propia UNESCO, del mariachi a la charrería, de la pirekua purépecha al Día de Muertos, cada una nacida en una región distinta del país [2] [3].
Y algo muy interesante es que la manera en que el mundo recibe lo mexicano es de curiosidad genuina y cariño. Ahí está el cine de Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro, reconocido una y otra vez en los escenarios más importantes de la industria; ahí está el muralismo de Diego Rivera y la pintura de Frida Kahlo, convertidos en referencia obligada de cualquier historia del arte del siglo XX; ahí está la música y serenatas que suenan en fiestas de países donde jamás se ha comido un taco, pero donde alguien igual se sabe el coro de una canción ranchera como el Cielito Lindo en los mundiales de fútbol. Ese reconocimiento externo no define nuestro valor como pueblo, nunca deberíamos necesitar un aplauso ajeno para saber lo que valemos, pero confirma algo que muchos mexicanos ya sabíamos desde antes de que nadie viniera a decírnoslo.
Y todo eso, hay que decirlo, no sale de un solo lugar ni de una sola voz. Lo que llamamos “lo mexicano” es en realidad una conversación entre muchos Méxicos distintos que conviven bajo el mismo nombre, por ejemplo, el mole oaxaqueño no se parece a la cochinita pibil yucateca, ni la manera de hablar de un regiomontano se parece a la de alguien de Chiapas, ni el desierto de Sonora tiene nada que ver con las selvas de la frontera sur. Ese mosaico de lenguas indígenas todavía vivas, de climas opuestos y de tradiciones que cambian de un estado a otro, podría haber sido motivo de fractura, y sin embargo, se volvió la prueba más clara de la identidad mexicana mestiza y variada. Se puede ser profundamente mexicano de maneras completamente distintas, y eso, lejos de debilitar el orgullo compartido, es lo que le da unicidad.
El orgullo no quita lo que también nos duele
Sería fácil quedarse solamente en esa parte amable de la historia, pero un orgullo que no admite matices termina pareciéndose más a la propaganda que a una identidad. México también es un país donde, según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 29% de los hogares tuvieron durante 2024 al menos una persona víctima de algún delito; de las personas de 18 años y más, 23.1 millones fueron víctimas de algún delito, además, 75.6 % de la población adulta consideró que vivir en su entidad federativa era inseguro debido a la delincuencia en el 2025. Es también un país donde, pese a mejoras reales en los últimos años, casi 29.6% de mexicanos siguen viviendo en condición de pobreza (en 2024). Son cifras que duelen leer, sobre todo cuando se piensa en nombres y caras concretas en lugar de porcentajes [4] [5].
Estas cifras no contradicen el orgullo del que hablamos al principio, lo ponen en su lugar correcto. No se trata de mirar hacia otro lado para seguir queriendo al país, sino de entender la realidad que vive México. Siempre ha sido más honesto amar algo que es real —sea una familia, una ciudad, una historia entera—, que una versión idealizada que no existe. Y entender el origen de esas heridas como parte de estructuras que sí se pueden cambiar con el tiempo, y no como una tragedia inevitable ni como la culpa individual de alguien en particular, es justamente lo que distingue un orgullo maduro de un discurso que solo sirve para la foto. El país que amamos y el país que nos duele son, incómodamente, el mismo país, y fingir que solo existe uno de los dos es no comprenderlo en su totalidad.
Lo que sostiene a México en medio de esas dificultades rara vez sale en la portada de un periódico y es la red silenciosa de familias que se sostienen entre sí, muchas veces a la distancia. En 2024, las personas mexicanas que trabajan fuera del país enviaron a sus familias 64 745 millones de dólares en remesas, la cifra más alta que se ha registrado hasta ahora. Detrás de cada uno de esos envíos hay alguien que se levantó temprano en un turno que probablemente no eligió, pensando en una mamá, un hijo o un hermano que sigue esperando del otro lado [6].
Esa misma lógica de sostenerse mutuamente se repite puertas adentro cada vez que ocurre una tragedia. Los sismos de 1985 y de 2017 muestran que cuando fallan las instituciones, la gente se organiza sola, sin que nadie se lo pida, formando cadenas humanas para remover escombros o abriendo su casa a quien se quedó sin nada. Esa solidaridad que nos caracteriza, esa capacidad de cuidarnos unos a otros, en la familia, en la colonia, en el país entero, no aparece en ningún ranking internacional de competitividad, pero es probablemente lo que más debería enorgullecernos como pueblo.
Hay algo que además vale la pena decir sobre por qué este tipo de orgullo importa tanto en lo personal. Sentirse parte de algo más grande que uno mismo, una familia, una comunidad, una historia compartida, es una de las formas más antiguas que tenemos los seres humanos para encontrarle sentido a la propia vida. No es casualidad que, en los momentos más difíciles, la gente busque refugio precisamente en eso: en la mesa familiar, en la fiesta del pueblo, en la certeza de pertenecer a algo que no empezó ni terminará con uno mismo. El orgullo de ser mexicano, visto así, no es solamente un sentimiento patriótico de una noche de septiembre, sino una de las tantas maneras en que encontramos un lugar propio dentro de una historia colectiva que vale la pena seguir escribiendo.
Quizá el error más común al hablar de orgullo nacional es tratarlo como un sentimiento pasivo, algo que simplemente se tiene por haber nacido en cierto lugar. Pero sentirse orgulloso de México no debería significar solamente cantar el himno una vez al año frente a la televisión, debería significar cuidar activamente lo que se heredó y trabajar, con paciencia, por todo lo que todavía falta. México es un país, pero también México son personas, son familias.
Para finalizar, te invitamos a contestar la encuesta que año con año lanzamos con motivo de las celebraciones del mes patrio. Participa y comparte tus reflexiones sobre lo que significa ser mexicano y cómo podemos demostrar nuestro compromiso con México. Haz clic aquí para contestar.
ConParticipación
[4]https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2025/ENVIPE/ENVIPE_25.pdf
[5] https://mexicocomovamos.mx/publicaciones/2025/08/medicion-de-pobreza-2024/
[6] https://www.gob.mx/conapo/documentos/panorama-sobre-las-remesas-internacionales-en-mexico-2024