Terminó la copa del mundo y se acerca el regreso a clases. Volvemos a la realidad: millones de niños y jóvenes regresan a las aulas con cuadernos nuevos y expectativas renovadas. Sucede cada año, pero cada año nos debería confrontar con los desafíos que tenemos: la calidad de la educación, la caída de la natalidad, la movilidad urbana, la calidad docente, la infraestructura de los centros educativos y la violencia dentro y fuera de las escuelas no son temas aislados, son síntomas de una sociedad que necesita colocar a la persona en el centro de sus prioridades [1].
El ciclo 2025-2026 tuvo una matrícula en educación básica (preescolar, primaria y secundaria) y media superior (preparatoria) de aproximadamente 29 millones de alumnos. Estas cifras representan millones de familias que confían en el sistema educativo público y privado para formar a sus hijos [2].
La educación mexicana enfrenta un desafío estructural. Más allá de los discursos oficiales sobre cobertura, persisten brechas profundas en aprendizajes y formación integral. Pero además se asoma un problema que no se había tenido presente: la crisis demográfica, pues la caída de la natalidad proyecta un futuro sin alumnos. Una transición hacia una población envejecida exige repensar la educación. No solo se trata de preparar a las nuevas generaciones, sino también de dar la vuelta a esta tendencia de envejecimiento, de implementar apoyos reales para que cuenten con mejores oportunidades para formar una familia. Debemos crear una agenda social proyectada hacia el futuro [3]. Sin embargo, si la sociedad envejece, y si la educación sigue sin desarrollar las competencias necesarias, estaremos hipotecando el futuro del país [4].
La movilidad es otro factor crítico. Sea en las zonas rurales como en las grandes ciudades, el traslado diario de los estudiantes se convierte en un tema que condiciona la vida ordinaria de las familias y ofrece retos para las autoridades. Familias enteras organizan su vida alrededor de rutas escolares congestionadas, mientras que en zonas rurales o marginadas el acceso mismo a la escuela sigue siendo un reto [5].
Asimismo, la calidad de la preparación del magisterio es una tarea pendiente. México enfrenta problemas de formación inicial y continua de los profesores, así como señales de envejecimiento de la planta docente. Además los mecanismos de acceso a plazas docentes y la promoción de los maestros generan dudas pues se consideran propiedad que se hereda de una generación a otra, y han desaparecido las instancias que evaluaban la preparación de los maestros y promovían la excelencia pedagógica. Un maestro bien preparado, motivado y valorado es un factor clave en la educación [6].
La infraestructura de las escuelas públicas revela una realidad poco alentadora: 4 de cada 10 escuelas carecen de servicios básicos completos (agua potable, sanitarios funcionales, electricidad confiable) y 7 de cada 10 no tienen internet. Se multiplican las aulas que operan en condiciones precarias que afectan la salud, la seguridad y la educación de calidad, la asignación de recursos no es proporcional a la necesidad que se percibe. En ocasiones parece que solo se atiende a las escuelas cuando se les ve como un parche electoral para atraer votos [7].
Finalmente, la violencia en el ambiente escolar se ha vuelto una emergencia. Se suman incidentes de violencia entre alumnos, bullying, extorsiones y, en algunas regiones, la infiltración del crimen organizado que obliga al cierre temporal de escuelas. El entorno escolar debe ser un espacio de protección y desarrollo, no de miedo [8].
Pero también podemos sumar a los desafíos de seguridad el reciente caso del profesor Alberto Jasso, quien se suicidó tras una denuncia de abuso sexual en un plantel del IEMS en la CDMX. El caso ilustra la complejidad y la crudeza del problema: acusaciones graves que mezclan realidad y revancha, sombras sobre la presunción de inocencia, impacto en la salud mental y un debate público polarizado [9].
Estos temas no se resuelven con slogans ni con la subordinación de la educación a un proyecto partidista. La clave está en colocar a la persona en el centro: reconocer la dignidad intrínseca de cada estudiante, independientemente de su origen socioeconómico, región o condición. La familia debe ser reconocida y promovida como la primera comunidad educativa, principal responsable y aliada natural de la escuela, no como un actor sometido al gobierno en turno. El Estado, por su parte, tiene la obligación de garantizar una educación pública de calidad, sin convertir las aulas en escenario de indoctrinación ideológica ni en botín de un partido o proyecto electoral.
Un regreso a clases que nos preocupe de verdad es aquel que nos impulse a exigir rendición de cuentas, inversión inteligente y reformas profundas. No basta con abrir las puertas de las escuelas; es necesario abrir también la mente para reconstruir un sistema educativo que forme ciudadanos libres, críticos y solidarios. Las familias mexicanas, los docentes y la sociedad en su conjunto merecemos más que resignación: merecemos resultados. El futuro de millones de estudiantes está en juego. No hay mejor momento que este regreso a clases para recordarlo y actuar en consecuencia.
Fuentes:
[2] https://www.jornada.com.mx/2026/07/16/politica/012n1pol
[3] https://conparticipacion.mx/escuelas-vacias-no-es-desercion-sino-baja-natalidad/
[4] https://diariooficial.segob.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5787678&fecha=18/05/2026#gsc.tab=0
[6] https://www.eluniversal.com.mx/nacion/maestros-envejecen-en-10-anos-no-habra-suficientes/
[7] https://mexicanosprimero.centos.mx/pdf/comunicados/2025/Comunicado_MP_161225.pdf
[8] razon.com.mx/mexico/2026/05/13/violencia-rompe-calendario-de-clases-en-34-municipios/