Eran las cinco de la tarde del 1.º de noviembre. En una casa en Oaxaca, o de cualquier parte del país, una abuelita colocó flores de cempasúchil en el altar de muertos. Quizá aún sigan vivas las flores para cuando leas este blog. Su hija, que vive en la Ciudad de México, llegó tarde del trabajo y tomó una foto del altar para subirla a Instagram. Su nieta, de dieciséis años, pregunta: «¿Para qué hacemos esto?”. 

El tema central del ejemplo hipotético es el hecho de la muerte y su memoria en nuestro país. El Día de Muertos no es simplemente una tradición que «sigue viva».

En este blog exploraremos  cómo el Día de Muertos trasciende lo meramente festivo o decorativo, para convertirse en un espacio de memoria, identidad y convivencia social. Analizaremos no solo la historia y los símbolos que conforman los altares, sino también su función en el duelo, cómo esta fiesta trae cohesión familiar y comunitaria, así como los retos que enfrenta la tradición frente a la comercialización y a reinterpretaciones que distorsionan sus valores. Además, examinaremos el impacto de esta celebración en la economía, la cultura y la percepción de la muerte en México, siempre considerando cómo estos elementos se relacionan con los valores que en ConParticipación promovemos.

¿Qué fue realmente el Día de Muertos?

El Día de Muertos, tal como lo conocemos hoy, no es una tradición originaria prehispánica ni simplemente un sincretismo entre culturas indígenas y europeas. Su origen se remonta a Europa medieval, específicamente a la instauración por parte de la Iglesia Católica de dos festividades: el 1.º de noviembre, Día de Todos los Santos, y el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, destinado a las almas del purgatorio que aún necesitan las oraciones de los vivos para alcanzar la salvación. Estas fechas fueron establecidas para coincidir con antiguas festividades paganas europeas, como el Samhain celta, que marcaba el fin de la cosecha y era un momento en que se creía que los muertos regresaban para convivir con los vivos. Al llegar a México con la conquista española en el siglo XVI, estas celebraciones se integraron a la vida de los pueblos indígenas, quienes adaptaron estos rituales católicos en un proceso de síntesis más que un sincretismo estricto, ya que lo que se buscaba en ambas tradiciones era celebrar a los muertos [1]. 

A lo largo de los siglos, el Día de Muertos fue evolucionando. Durante los siglos XIX y XX, esta festividad también se convirtió en un símbolo cultural. Hoy, el Día de Muertos es una celebración compleja que integra elementos europeos y significados nacionales, resultado de un largo proceso histórico de adaptación, apropiación y transformación cultural. Lejos de ser simplemente una tradición ancestral, es una manifestación viva que refleja la historia y la identidad de México en constante cambio.

Sin embargo, más allá de su evolución histórica, lo que permanece en el tiempo es el recuerdo a nuestros muertos, el reconocimiento de lo breve que es la vida, y reafirmar la esperanza en la trascendencia. No se trata de un culto a la muerte, sino de un acto de amor a nuestros seres queridos que nos antecedieron o que fueron nuestros ancestros. En México, honrar a los difuntos es también afirmar que la vida tiene un sentido que va más allá del tiempo y el espacio.

Con el paso del tiempo, esta tradición se ha enriquecido visualmente: las flores de cempasúchil, las velas, las fotografías, las cruces, la comida, los colores naranja y morado, los tradicionales panes de muerto. Los altares no son simples elementos decorativos: son pequeños templos familiares, lugares donde parece que lo cotidiano se encuentra con lo extraordinario. Por ejemplo, en Pátzcuaro, Michoacán, muchas familias de la región se reúnen cada año en la orilla del lago para encender velas y llevar canoas iluminadas al islote de Janitzio como vigilia en el cementerio.

Esta fecha, con las manifestaciones que la rodean, reúne tanta gente en México que ha inspirado una película animada por parte de Disney (ya publicada hace años) que seguramente ya viste: Coco. Aunque ciertamente con rasgos de dramatización, el filme recuerda que el Día de Muertos reúne familias, valores, vida y muerte al mismo tiempo.

Para seguir enfatizando en su importancia, llama la atención saber que el 91 % de los mexicanos celebra el Día de Muertos, según una encuesta realizada por la plataforma Statista desde octubre de 2019 a marzo de 2020. Sin embargo, las malas noticias son que según La Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC) el año pasado (2024) el gasto para poner un altar se elevó hasta los $1,809.00, incluyendo:

  • alimentos como frutas, mole, tamales, pozole, etcétera: $486.00; 
  • tequila $300.00; 
  • agua $13.00; 
  • calaverita de azúcar $30.00; 
  • pan de muerto $22.00; 
  • sal $28.00; 
  • adornos de papel picado, manteles y petates artesanales $430.00; 
  • veladoras $200.00 y flores $300.00. 

Aun cuando los modos, precios, generaciones y lugares cambian, el hecho es claro: esta tradición sigue siendo mayoritaria, y por ello tiene un valor social decisivo [2] [3].

También es cierto que junto a esta tradición, conviven expresiones que nos invitan a reflexionar. En algunas zonas o grupos la figura de la muerte ha sido reinterpretada como objeto de poder, magia o incluso violencia. El culto a la “Santa Muerte”, por ejemplo, ha ganado presencia como una práctica que mezcla dolor social, desconfianza, ruptura familiar y una concepción de la persona unida a la maldad. Este fenómeno nos confronta con una pregunta inquietante:

¿Qué sucede cuando la muerte deja de ser memoria y amor, y se convierte en un ídolo con promesas vacías de control o protección?

Mientras el Día de Muertos celebra la vida que perdura y la esperanza de reencontrarnos con quienes amamos, el culto a la Santa Muerte se asocia, en muchos casos, con entornos de desesperanza, violencia y resignación a un destino fatalista. No es un eco de nuestra tradición, sino una distorsión que refleja heridas sociales profundas: abandono, violencia, búsqueda de sentido. Allí donde la familia y la trascendencia pierden su lugar, surgen caminos confusos que no construyen memoria, sino que la disuelven.

En ConParticipación vemos el Día de Muertos como una oportunidad para fortalecer nuestra identidad y nuestros valores. Cada altar es una enseñanza silenciosa sobre la dignidad humana, el amor familiar y la esperanza. Recordar no es solo un momento afectivo, se convierte en un acto cultural que nos fortalece como país (genera identidad), nos enseña a agradecer el valor de la vida y que nos invita a vivir con una mirada trascendente. 


¿Qué nos enseña el Día de Muertos?

El Día de Muertos funciona también como un mecanismo de cohesión social. En un país donde constantemente vemos familias, generaciones y comunidades fragmentadas, el altar se convierte en un espacio donde todos los miembros participan y colaboran, incluso los que ya no están “son parte”. Preparar la ofrenda, colocar las fotos, encender velas y cocinar platillos mexicanos son tareas compartidas que enseñan solidaridad y convivencia, incluso como actividad en las escuelas.

También hay que decirlo: la muerte en México no es solo una bonita idea o un elemento para el altar de muertos. Es una realidad cotidiana marcada por violencia, desapariciones y riesgos sociales. Según el Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia (IMDH) en el presente año 128 064 personas permanecen desaparecidas en el país, y cada una afecta de manera directa a familias y comunidades. Algunos altares son consecuencia de estos duelos prolongados e inciertos de desaparecidos vivos o muertos [4].

El altar de muertos también cumple una función terapéutica que ayuda a sobrellevar el duelo y mantener el vínculo emocional con los seres queridos ausentes. Así lo explica Verónica de León, tanatóloga de Déjalos Ir con Amor IAP: cada elemento del altar —los colores, aromas, alimentos y objetos religiosos— permite a las familias y amigos recordar y mantener presente a quienes ya han fallecido. La especialista destaca que, para muchas personas que atraviesan un duelo reciente, el Día de Muertos puede resultar complejo, contradictorio y hasta doloroso; sin embargo, la preparación y colocación del altar brinda un espacio de sanación y aceptación de la muerte.

De León añade que algunas personas pueden resistirse a montar el altar debido a la dificultad de aceptar la muerte de un ser querido, pero que el acto mismo constituye “una forma de honrarlo y de comunicarse con él”. Además, señala que el Día de Muertos tiene un profundo impacto en la percepción de la muerte en México, ya que mientras en otras culturas la muerte puede ser un tabú, en nuestro país representa una celebración de los vivos para los muertos [5]. 

Incluso en zonas urbanas, las vigilias, concursos de altares y exposiciones públicas permiten a las personas compartir pérdidas y reconocer públicamente a quienes han partido, generando redes de acompañamiento y solidaridad.

Este contexto nos obliga a preguntarnos: ¿este tipo de celebraciones y memorias son un simple acto cultural? ¿Son quizá también una herramienta de fortalecimiento comunitario, donde el recuerdo ayuda a sobrellevar traumas y a reconstruir la esperanza en medio de la adversidad? 

El Día de Muertos ha trascendido lo familiar y se ha convertido, porqué no decirlo, en un motor de economía, como decíamos en los párrafos anteriores. Según la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (CONCANACO SERVYTUR MÉXICO) este año la derrama económica generada por esta celebración se estima en 49 500 millones de pesos, aumentando 9.2 % respecto al 2024. Ferias, concursos de altares y exposiciones públicas no sólo dinamizan la economía local, sino que también ponen en valor el patrimonio intangible de México. Que hablando de patrimonio, el Día de Muertos fue declarado como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO el 7 de noviembre de 2003, reconociendo así su importancia [6][7].

Sin embargo, esta visibilidad económica puede ser una espada de dos filos: la tradición corre el riesgo de reducirse a espectáculo o atractivo turístico, donde la estética de la muerte se sobrepone al sentido histórico, afectivo y social. Por ejemplo, el Desfile de Día de Muertos en Ciudad de México, ha incrementado la popularidad de la festividad en la capital y el extranjero, y nos cuestiona sobre la pérdida de profundidad simbólica en comparación con rituales familiares más íntimos. Las instituciones, comunidades y familias que promueven la tradición enfrentan el desafío de conservar la memoria y los valores detrás de los altares, mientras aprovechan la visibilidad internacional para fortalecer la identidad nacional.

La tradición mexicana permite que los rituales trasciendan lo privado, involucrando espacios públicos, desfiles, altares comunitarios y ferias, convirtiendo la memoria en un bien colectivo que fortalece la cohesión social y la transmisión intergeneracional.

Podemos decir que el Día de Muertos funciona como un termómetro social. Nos muestra cómo México enfrenta la pérdida, cómo maneja la violencia y el duelo, y cómo transmite valores a las nuevas generaciones. En un mundo acelerado y líquido donde muchas veces priorizamos lo inmediato, esta tradición nos recuerda que la memoria es un recurso social muy valioso y funcional.

La celebración no solo recuerda a los muertos, sino que refuerza la solidaridad, el respeto y la identidad nacional, convirtiéndose en un espacio de aprendizaje social que atraviesa generaciones.

Desde ConParticipación, observamos que mantener estas prácticas es un acto de fortalecimiento familiar, comunitario y educativo. Enseñar la historia de los altares, los símbolos y el ritual de la memoria contribuye a formar ciudadanos conscientes de sus raíces y comprometidos con su sociedad. La celebración se convierte así en un medio para promover la cohesión, responsabilidad y ciudadanía activa.

ConParticipación 

Fuentes:
[1] https://inah.gob.mx/especiales-inah/articulos/el-origen-del-dia-de-muertos
[2] https://es.statista.com/estadisticas/1132171/festejo-dia-de-muertos-halloweeen-mexico/#:~:text=Seg%C3%BAn%20una%20encuesta%20llevada%20a,festejar%20el%20D%C3%ADa%20de%20Muertos 

[3] https://www.anpec.com.mx/boletines/82ConsaleroygraciaLaCatrinaanimaelconsumo.pdf
[4] https://imdhd.org/redlupa/informes-y-analisis/informes-nacionales/informe-nacional-de-personas-desaparecidas-2025/
[5] https://revistaespejo.com/2024/11/02/el-altar-de-muertos-un-instrumento-terapeutico-para-afrontar-el-duelo/
[6] https://www.concanaco.org/blog/comunicados-de-prensa-4/dia-de-muertos-2025-dejara-49500-mdp-en-consumo-concanaco-servytur-1106
[7] https://www.nmas.com.mx/nacional/desde-cuando-dia-de-muertos-es-patrimonio-humanidad-unesco-por-que-lo-declaro/