¿Por qué formar una familia? Cada generación se hace esta pregunta de manera distinta, pero rara vez se hace bien. A veces se plantea como un mandato («deberías»), otras como una acusación («¿por qué ya no quieren?»), y ambas maneras fallan por la misma razón: asumen que la respuesta es igual para todos. En realidad, la respuesta a por qué formar una familia depende de algo más profundo que de una preferencia personal: depende de qué entendemos por realización, y de qué entendemos por familia.

En este blog vamos a intentar responder a esta pregunta que se siguen haciendo jóvenes y adultos —aunque el análisis se enfocará en los jóvenes—; se trata de distinguir dos cosas que con frecuencia se confunden. Por un lado, las razones legítimas que llevan a una persona a postergar o replantear ese proyecto, por otro, las barreras impuestas que le impiden siquiera considerarlo. Esto, entre elección y bloqueo, es, según la evidencia más reciente, la clave para entender lo que de verdad está pasando entre los jóvenes.

Dos formas de entender la propia realización

Existe una manera de concebir el éxito personal en la que la familia simplemente no aparece en la ecuación: la persona se realiza acumulando experiencias, logros y proyectos que giran alrededor de sí misma. Desde esa lógica, comprometerse con otros (educar, sostener, acompañar a largo plazo), se percibe como una distracción, un freno al propio desarrollo.

Pero existe otra manera de entender la realización, es decir, desde lo relacional. La persona no se completa sola, sino en vínculos estables que trascienden el propio interés. Bajo esa mirada, formar una familia no es un sacrificio del proyecto personal, sino su forma más concreta. La diferencia no es de intensidad, ambas formas de vida pueden ser exigentes y plenas, sino de dirección: una mira hacia adentro, la otra se construye hacia el otro.

Esto importa porque nuestra cultura tiende a empujarnos hacia la primera lógica casi por default. Nos entrena para preguntarnos qué queremos lograr, no con quién queremos construirlo. Y sin embargo, cuando preguntamos directamente a los propios jóvenes qué es lo que en el fondo desean, la respuesta suele desmentir ese default cultural.

Lo que los jóvenes realmente quieren y lo que se los impide

La encuesta demográfica más amplia hecha hasta ahora sobre el tema, publicada este año por el Fondo de Población de las Naciones Unidas, con respuestas de más de 108 000 jóvenes adultos en 73 países, desmonta la idea de que las nuevas generaciones simplemente dejaron de querer familia. Al contrario: la mayoría sigue aspirando a tener pareja, casarse y formar una familia;  dos hijos es en la mayoría de las regiones, el tamaño ideal de familia más mencionado. Lo revelador es la razón que dan para quererlo: el 80% señala la alegría y la felicidad que aportan los hijos como el motivo más importante, muy por encima de razones utilitarias como responder a incentivos gubernamentales [1]. 

Entonces, ¿qué es lo que impide realizar este anhelo? Los resultados de la encuesta reportan que, las limitaciones económicas y de vivienda constituyen la principal barrera para tener hijos, con un 72% de los encuestados que las consideran importantes, además la falta de una pareja adecuada y los factores relacionados con la salud y la reproducción son también barreras. Es decir, cuando los jóvenes sí quieren familia, no la quieren por cálculo, sino porque intuyen ahí una fuente de sentido que ningún incentivo fiscal puede replicar. El obstáculo, entonces, no está en el deseo sino en las condiciones para formarla. El mismo informe encuentra que el 88% de los encuestados considera la seguridad financiera una condición central para dar el paso de ser padre [2].

Otra investigación mundial, la Encuesta Global de la Generación Z y Millennial 2026 de Deloitte, con más de 22 000 respuestas en 44 países, confirma que más de la mitad de la Generación Z ha pospuesto casarse o formar una familia a causa de su situación económica. Casi 7 de cada 10 jóvenes de esa generación afirman que la disponibilidad de vivienda condiciona incluso sus decisiones de carrera [3].

Ya lo veíamos en un blog que te compartimos recientemente sobre el Programa Nacional de Población 2026-2030, estrategia del gobierno federal que documenta que entre 2018 y 2023 el porcentaje de mujeres mexicanas sin hijos y sin deseo de tenerlos casi se duplicó, al pasar de 31.3% a 50.1%; entre adolescentes de 15 a 19 años, el salto fue de 25.2% a 44.4% en apenas cinco años. El propio documento no atribuye este cambio a un simple rechazo generacional a la maternidad, sino que lo vincula con dificultades muy concretas: la imposibilidad de conciliar trabajo y cuidados, la falta de acceso a vivienda, ingresos insuficientes y la incertidumbre sobre la educación y protección social que podrían ofrecer a sus hijos. La tasa global de fecundidad nacional, mientras tanto, ya cayó a 1.6 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2.1 [4].

Esto es exactamente lo que advierte la propia OCDE al analizar la caída de la natalidad en los países desarrollados, identifica un cambio cultural real, donde cada vez más jóvenes encuentran sentido fuera de ser papás. Y otros proyectos vitales han ganado peso frente al proyecto de la familia, pero ese cambio cultural corre en paralelo, no en sustitución, a las barreras económicas que documentan tanto el PNP mexicano como las encuestas globales. Confundir ambos fenómenos, tratarlos como si fueran lo mismo, es el error de diagnóstico más común en este debate [5]. 

El riesgo de instrumentalizar la respuesta

Hay una tentación, comprensible pero equivocada, de responder a estas cifras convirtiendo a la familia en solución técnica: si la natalidad cae, se ofrecen incentivos; si el Estado teme no poder sostener a una población envejecida, se apela a la familia como amortiguador social. Esa lógica no es nueva, de hecho, es la misma que sostuvo la política demográfica mexicana entre 1974 y 2000, cuando el objetivo era exactamente el contrario: reducir la fecundidad de seis a dos hijos por mujer. Sin embargo, comparte con su versión actual el mismo defecto de fondo: trata la decisión de formar una familia como un instrumento al servicio de una meta ajena a la persona, ya sea demográfica o económica.

Existe también una instrumentalización más íntima, y quizá más dañina: la familia entendida como red de rescate, como el único lugar al que uno puede recurrir cuando no logra sostenerse por sí mismo. Bajo esa lógica, formar una familia deja de ser un proyecto de encuentro para convertirse en una póliza de seguro afectivo. Y es precisamente ahí donde conviene recuperar lo que ya señalaba la propia encuesta de la ONU: el motivo que de verdad mueve a los jóvenes no es la necesidad instrumental, sino la alegría del vínculo, y quizá habría que añadir, el significado y la necesidad humana de crear esos vínculos. Cualquier narrativa, de Estado, de mercado, o incluso religiosa, que trate a la familia solo como solución a un problema, y no como un bien en sí mismo, termina traicionando la razón por la que en el fondo sigue importando.

La persona no puede reducirse a una sola dimensión. Es individual, tiene un proyecto, una vocación, una historia propia que nadie puede vivir por ella, y es relacional al mismo tiempo, porque esa historia solo se cuenta completa en compañía de otros. La familia es, quizás, el lugar donde esas dos dimensiones dejan de competir entre sí y se expresan juntas.

La evidencia a favor: lo que sostiene a una vida

Si se necesita algo más que intuición para defender el valor del vínculo estable, ahí está el estudio psicológico más largo jamás realizado sobre la vida adulta: el Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, que desde 1938 ha seguido a cientos de personas, hoy ya más de 2 500, pues incluye varias generaciones de sus familias, hasta la vejez. Su conclusión, sostenida durante más de ocho décadas de seguimiento riguroso, es tan simple como incómoda para una cultura que premia el logro individual por encima de todo, es decir, no fue la riqueza ni el prestigio profesional lo que mejor predijo una vida sana y feliz, sino la calidad de los vínculos afectivos sostenidos en el tiempo. Quienes más se apoyaron en relaciones cercanas y confiables, con pareja, familia, comunidad, no solo reportaron mayor bienestar emocional, sino mejor salud física y cognitiva conforme envejecen [6].

No queremos plantear en ConParticipación una defensa romántica de la familia, es un hallazgo empírico sobre lo que sostiene a un ser humano en el tiempo. Y coincide, casi palabra por palabra, con lo que ya reportaban los jóvenes encuestados por la ONU cuando explicaban por qué querían tener hijos: no por deber, sino porque intuyen ahí una fuente real de sentido y de alegría compartida.

De la prevención a la inspiración

Si algo queda claro al cruzar estos datos es que el problema no es principalmente de convicción, sino de condiciones y de narrativa. La mayoría de las campañas públicas sobre familia hablan de prevención o de problemáticas (de embarazos no planeados, de violencia intrafamiliar, de divorcio), y muy pocas hablan de inspiración: de mostrar matrimonios jóvenes que efectivamente florecen, de corresponsabilidad real entre hombres y mujeres, de historias verificables de personas que encontraron sentido compartido sin idealizar el proceso ni ocultar su dificultad.

Si nadie nos muestra que el vínculo estable es un proyecto de realización y no solo de renuncia, la narrativa que domine seguirá siendo la que ya circula en redes: «apenas puedo mantenerme a mí mismo, ¿cómo voy a mantener una familia?». Es una frase que resume con precisión el problema estructural (la inseguridad económica real) pero que, repetida sin matices, termina ocultando el otro problema, el que también documentan estos mismos estudios: casi nadie nos enseña a construir relaciones duraderas, a resolver conflictos, a sostener un vínculo cuando deja de ser fácil. La educación afectiva y relacional, cómo ser amigo, cómo ser pareja, cómo reparar después de una ruptura, sigue siendo, en la práctica, la gran ausente de los planes educativos.

Una política pública centrada en la persona

De estos datos se desprende una conclusión que evita dos extremos igual de equivocados. El primero es culpar a los jóvenes por posponer o replantear la formación de una familia, como si se tratara de simple comodidad o individualismo. El segundo es tratar la familia exclusivamente como una herramienta demográfica o económica que el Estado debe fomentar para resolver sus propios problemas de fondo, el envejecimiento poblacional, la sostenibilidad del sistema de pensiones, sin atender lo que realmente necesitan las personas para poder elegirla con libertad.

La alternativa que vemos viable es una política pública que ponga a la persona al centro: que resuelva las barreras reales (salarios que no alcanzan, vivienda inaccesible, falta de corresponsabilidad en el cuidado) sin sustituir la libertad de elegir un proyecto de vida por metas ajenas a quien lo vive. Eso implica, al mismo tiempo, dos tareas que rara vez se hacen juntas: quitar los obstáculos materiales que hoy posponen indefinidamente un deseo que la mayoría de los jóvenes sigue teniendo, y ofrecerles, desde la educación y desde el ejemplo, las herramientas relacionales que nadie más les está enseñando.

Desde ConParticipación sostenemos que formar una familia, entendida así, deja de ser un mandato social o una solución de emergencia. Vuelve a ser lo que en el fondo siempre fue: uno de los proyectos más exigentes y, según toda la evidencia disponible, más profundamente humanos y realizadores que una persona puede emprender.

ConParticipación

Fuentes:
[1] https://www.unfpa.org/sites/default/files/pub-pdf/Lives-choices-and-futures.pdf  (página 10)


[2] Ibid.

[3] https://forbes.com.mx/cinco-de-cada-10-millennials-y-gen-z-posponen-momentos-claves-de-su-vida-por-presion-financiera-encuesta/ https://www.deloitte.com/latam/es/issues/work/genz-millennial-survey.html

[4] https://conparticipacion.mx/el-programa-nacional-de-poblacion-2026-2030-lo-que-dice-lo-que-calla-y-lo-que-nos-pregunta/ https://www.milenio.com/politica/mexico-planea-futuro-envejecimiento-acelerado-baja-natalidad


[5] https://www.oecd.org/en/publications/2024/06/society-at-a-glance-2024_08001b73/full-report/fertility-trends-across-the-oecd-underlying-drivers-and-the-role-for-policy_770679b8.html


[6] https://www.adultdevelopmentstudy.org/