Cada cuatro años hay una Copa Mundial de Fútbol. Este año es en nuestro país, y el sentimiento general es de mucha emoción y expectación. Asimismo, cada cuatro años hay Olimpiadas, de las cuales una vez México fue anfitrión. Son eventos que en general son muy esperados por lo que significan. Sin embargo, hay un acontecimiento que sucede cada año y que es más importante que cualquier evento mundial: el Día de la Madre. Si algo en México nos une, nos emociona, nos enternece y nos lleva a lo mejor de nosotros mismos es pensar en las mamás.
El Día de las Madres no es únicamente una fecha en el calendario; en este día celebramos una forma de amar que pocas veces se detiene a pedir algo a cambio. El amor de una madre suele ser silencioso, constante y profundamente generoso. Es ese amor que se demuestra en acciones: quién no recuerda a su madre levantándose antes que todos para preparar el desayuno y en lonche para la escuela, o desvelándose para bajarte la temperatura cuando estabas enfermo. Llevándote al escuela, al médico, a los partidos, limpiando la casa, asistiendo a las asambleas escolares, organizándote tu fiesta de cumpleaños… Y ya siendo adultos la madre no deja de serlo, cómo olvidar sus consejos, su preocupación cuando algo te inquieta o cuando tienes un problema, su alegría por tus éxitos profesionales, su orgullo cuando formas tu propia familia.
Y aunque este blog no pretende ser un análisis exhaustivo del rol que a nivel social, cultural y personal tienen las madres, vale la pena mencionar un par de datos: numerosos estudios en psicología del desarrollo han documentado cómo el vínculo afectivo temprano con la madre o figura materna impacta directamente en la seguridad emocional, la autoestima y la capacidad de relacionarse en la vida adulta [1]. Detrás de cada persona que se sabe querida, muchas veces hay una madre que lo(a) sostuvo, acompañó y tuvo fe en él o ella.
En México, además, la figura materna tiene un peso cultural profundamente arraigado: “En gran medida, está ligado al culto a la virgen de Guadalupe, la figura que encarna nuestro mestizaje en todo su esplendor. La “virgencita” es morena, análoga a Tonantzin-Coatlicue (madre de Huitzilopochtli) y símbolo inequívoco de fertilidad (y por lo tanto de la tierra)” [2]. Pero más allá de que el amor hacia las madres sea parte de nuestras raíces e identidad mexicana, lo cierto es que en nuestra vida cotidiana generalmente son ellas quienes establecen las rutinas en casa, cuidan los vínculos familiares y transmiten valores.
La vocación de madre —no solo comprendida desde el punto de vista biológico, sino como ese llamado a cuidar, formar y acompañar— es fundamental para la familia y, por extensión, para la sociedad. Las madres son normalmente el pilar emocional del hogar: quienes escuchan, contienen, orientan y, en muchos casos, sostienen incluso en medio de la adversidad. Son también quienes, especialmente en las primeras etapas de vida, ayudan a los hijos a desarrollar hábitos, asumir responsabilidades y descubrir el mundo con confianza. Una sociedad no podría subsistir sin ese cuidado cotidiano.
Por lo anterior, el Día de las Madres no debería verse solamente como un día en el que celebramos una efeméride más. Es una oportunidad para mirar de forma más consciente a las madres y agradecerles de corazón. Consentir a una madre implica reconocerla como persona, no solo como alguien que realiza un rol. Así que es bueno tomarse el tiempo para pensar en hacerles un regalo significativo. Más allá de flores o celebraciones tradicionales, vale la pena preguntarse: ¿qué le gusta?, ¿qué la ilusiona?, ¿qué ha pospuesto por cuidar a otros?
Un buen regalo puede ser algo profundamente personal: un libro que ha querido leer, una experiencia que disfrute —como un día de descanso, un masaje o una salida especial—, una prenda que la haga sentir bien, o incluso tiempo de calidad sin prisas. A veces, vale más un detalle no necesariamente material: una carta sincera, una fotografía familiar enmarcada, un video hecho con amor. Es recomendable evitar regalos que no son personales —como utensilios de cocina o artículos para el hogar—; es una forma de decirle: “Te vemos, te valoramos más allá de lo que haces por nosotros”.
Celebrar a las madres es, en resumen, reconocer una de las formas más profundas de entrega humana. En un mundo que muchas veces premia la rapidez, la productividad y el éxito visible, la maternidad nos recuerda el valor de lo invisible: el cuidado cotidiano, la paciencia, la presencia.
Quizá por eso, entre todos los eventos que esperamos cada año, ninguno nos conmueve tanto como este. Porque al pensar en nuestras madres, volvemos al origen de lo que somos. Y ahí, en ese recuerdo, entendemos que el agradecimiento no debería durar solo un día, sino toda la vida.
Fuentes:
[2] https://masdemx.com/sobre-el-complejo-arquetipo-de-la-madre-mexicana/