En junio de 2024, un equipo de científicos dirigido por Ryotaro Hashizume realizó un experimento en laboratorio para buscar nuevas formas de tratar el síndrome de Down. Esta condición ocurre cuando una persona nace con una copia extra del cromosoma 21. Usando una herramienta de edición genética llamada CRISPR-Cas9, lograron eliminar esa copia extra en células cultivadas, tanto de tipo madre como de piel. Los científicos identificaron con exactitud cuál era el cromosoma que estaba de más y desactivaron la forma en que la célula intentaba repararlo. Así lograron que las instrucciones que la célula usa para funcionar (sus genes) volvieran a trabajar de manera normal, y que la célula se comportara como una sana [1].
Aunque todavía es un avance que solo se ha probado en el laboratorio y no en personas, el estudio abre la puerta a futuros tratamientos. Si la técnica se perfecciona, en el futuro podría aplicarse a células del cerebro como neuronas y glía (sistema nervioso), lo que ayudaría a reducir los efectos del síndrome de Down y ofrecer nuevas oportunidades para mejorar la calidad de vida de quienes lo padecen [2].
El reciente avance en el uso de CRISPR-Cas9 para eliminar el cromosoma extra en células con síndrome de Down plantea un reto ético clave que implica mantener la distinción entre terapia y eugenesia. Toda investigación científica debe orientarse a tratar y mejorar la salud, no a eliminar o “corregir” vidas. La dignidad de la persona no depende de su condición física, genética o de la presencia de una discapacidad; es inherente e incondicional. Por ello, cualquier aplicación futura de esta tecnología debe centrarse en brindar oportunidades de salud y bienestar, evitando caer en prácticas que sugieran que una vida con síndrome de Down vale menos. Solo así la ciencia podrá avanzar sin comprometer principios fundamentales de reconocimiento del valor de cada persona.
ConParticipación
Fuentes:
[1] https://www.ccbio.com.mx/post/nota-10-6-25
[2] Ibid.