¿Sabías que en México el deseo de tener hijos ha disminuido de forma significativa? Según el Programa Nacional de Población 2026-2030, de 2018 a 2023 [1]:
- el porcentaje de mujeres sin hijos y sin deseo de tenerlos aumentó de 31.3% a 50.1%,
- en el rango de 15 a 19 años, el porcentaje de mujeres sin hijos y sin deseo de tenerlos creció de 25.2% a 44.4%, y
- en las jóvenes de 20 a 24 años, subió de 23.7% a 43.2%.
Nos preguntamos: ¿qué sucederá con un país donde cada vez más mujeres no tienen hijos y no quieren tenerlos? ¿Qué impacto poblacional, económico y social tendrá esto?
En este blog analizaremos el instrumento rector de la política demográfica de México para los próximos cinco años. Y es que el 18 de mayo de 2026, el gobierno federal publicó en el Diario Oficial de la Federación el Programa Nacional de Población 2026-2030 (PNP), este es un documento que define cómo el Estado mexicano entiende a su población, qué futuro proyecta para ella, y qué decisiones tomará en materia de salud, familia, cuidados, educación y territorio durante esta administración [2].
El documento pasó casi inadvertido en los medios, de hecho ningún partido fijó postura pública y ningún secretario salió a explicar la estrategia de su dependencia. Y sin embargo, lo que ahí se define tiene consecuencias directas sobre la vida cotidiana de millones de familias mexicanas: cuántos hijos se proyecta que tendremos como país, cómo envejeceremos, quién cuidará a nuestros adultos mayores, y qué clase de sociedad estamos construyendo para las generaciones que vienen.
Desde ConParticipación queremos ponerlo sobre la mesa, porque hay cosas que el PNP dice bien, cosas que no dice, contradicciones que no resuelve, y preguntas que nos deja pendientes. Y porque creemos que como mexicanos tenemos no solo el derecho, sino la responsabilidad, de ser conscientes de ello para luego participar.
Los datos que el propio documento no puede ignorar
El PNP 2026-2030 parte de un diagnóstico demográfico que, si se lee con cuidado, debería preocuparnos:
- La fecundidad ha caído por debajo del nivel de reemplazo, es decir, la tasa global de fecundidad es de 1.6 hijos por mujer (a 2023), cuando el nivel mínimo para que una población se sostenga a sí misma es de 2.1 [3] .
- México está envejeciendo más rápido de lo que se preparó para ello, incluso en 2026, el 18.45% de la población son niñas y niños menores de 12 años, y el 13.24% son personas de 60 años o más. Para 2034, en apenas ocho años, habrá más adultos mayores que niños en México, será la primera vez en la historia del país. Y para 2050, las proyecciones del CONAPO indican que casi una cuarta parte de la población (24.12%) tendrá 60 años o más. El documento en síntesis reconoce que nos encontramos en «la fase final» del bono demográfico. Ante el inminente cierre del bono demográfico, el Programa propone impulsar políticas públicas que preparen al país para una población cada vez más envejecida [4].
Estos datos también significan que de continuar estas tendencias de envejecimiento poblacional, el sistema de pensiones que conocemos enfrentará una presión imposible de sostener. Que el IMSS y el ISSSTE tendrán cada vez menos trabajadores activos para financiar a cada vez más jubilados. Además, los fenómenos del envejecimiento y baja natalidad, aunados a la migración interna, podrían ocasionar que algunas comunidades rurales experimenten una disminución relativa de su población joven. El tejido social se irá deshilachando. Y que miles de adultos mayores podrían vivir los últimos años de su vida solos, sin hijos ni redes de cuidado cercanas.
La contradicción que el documento no se atreve a nombrar
Ante una caída histórica de la fecundidad preocupa que la política pública que se propone no sea de respuesta activa sino pasiva, llamada “resiliencia demográfica” -como el propio documento la califica-. Es preocupante porque México se asemeja a un vehículo que se aproxima a un precipicio y el gobierno solo parece decir “disfruten mientras no hayamos caído”.
La respuesta del programa no es preguntarse por qué está ocurriendo, ni si las políticas públicas de las últimas décadas han contribuido al problema. La respuesta es seguir con una tendencia que inhibe la natalidad, que habla más de los «derechos sexuales y reproductivos», que de los desafíos personales y sociales que nos han conducido a este escenario.
En el lenguaje del documento se incluye explícitamente el ejercicio de una autonomía reproductiva orientada a decidir no tener hijos, o tener menos [5].
Debemos señalar algo que el documento pasa por alto, que hay una diferencia enorme entre respetar la libertad de las personas y promover activamente una cultura que equipara la maternidad con una carga, y la no maternidad en nombre de la libertad. El PNP habla de garantizar el ejercicio de una «sexualidad plena» evitando los hijos, pero al mismo tiempo, constata con alarmas que la baja natalidad está poniendo en riesgo el futuro del país. Esa contradicción de hecho no se resuelve en ninguna página del documento. El Estado diagnostica el problema con precisión y luego propone como solución reforzar las mismas herramientas que contribuyen a generarlo.
Desde ConParticipación nos preguntamos: ¿es posible que el mismo Estado que durante décadas promovió activamente la reducción de la fecundidad con campañas (“la familia pequeña vive mejor”), programas y recursos públicos, ahora gestione las consecuencias de esas políticas sin reconocer su propia responsabilidad en el resultado? ¿Y tiene sentido que un programa que diagnostica la baja natalidad como un problema estructural no contenga ninguna política concreta para revertirla?
La persona convertida en variable demográfica
El documento habla de la población como un conjunto de recursos que hay que optimizar: el «bono demográfico» que hay que aprovechar, la «resiliencia demográfica» que hay que construir, los «grupos vulnerables» que hay que atender. Las personas aparecen en las páginas del programa principalmente como insumos de un sistema económico y de bienestar, no como fines en sí mismas. El lenguaje revela una concepción de fondo: el Estado pretende intervenir en las decisiones más íntimas de los hogares como la de cuántos hijos tener, dónde vivir, cómo organizar la vida familiar con el fin de hacer cuadrar sus proyecciones económicas y sus metas de productividad. Desde esta perspectiva la persona no es el centro de la política, es el objeto de gestión.
Desde la filosofía personalista, en particular desde el pensamiento de Karol Wojtyla y Emmanuel Mounier, que inspiran los valores de ConParticipación, la persona no puede ser tratada como recurso demográfico. La persona tiene dignidad inherente, que no depende de su productividad económica ni de su contribución a la tasa de fecundidad. La única respuesta adecuada ante una persona es reconocerla como fin en sí misma, no como medio para alcanzar metas de política pública.
Cuando el PNP habla de garantizar los derechos reproductivos, lo hace en el marco de esta lógica: se trata de dar a las personas las herramientas para que regulen su fecundidad de manera que no interfiera con su inserción en el mercado laboral. Lo que no aparece es la pregunta por el sentido: ¿qué clase de vida queremos construir? ¿Qué pensamos que es exactamente una buena vida? ¿Qué hace que una vida valga la pena?
La familia es la gran ausencia
En un documento de muchas páginas dedicado a la población de México, la familia no aparece como base de la visión del país. No se menciona como institución que el Estado deba fortalecer activamente. No hay una sola política concreta orientada a apoyar a las familias que quieren tener hijos pero enfrentan condiciones que se los dificultan o impiden.
El documento habla de «transformaciones en la estructura y tamaño de los hogares» como si fueran fenómenos naturales ante los que solo cabe adaptarse, no como resultado de decisiones políticas, culturales y económicas que pueden y deben examinarse. Habla de hogares más pequeños, de personas que viven solas, de nuevas configuraciones familiares.
El Estudio de Desarrollo de Adultos de Harvard (uno de los estudios longitudinales más extensos de la historia, con más de 80 años de seguimiento) encontró que el predictor más poderoso de salud, felicidad y longevidad no es la riqueza ni el éxito profesional, sino la calidad de los vínculos afectivos cercanos. Las personas que tienen relaciones sanas con su pareja, con sus hijos, con su familia, con su comunidad viven más y mejor [6]. Pero estos hallazgos no están considerados dentro del Programa para diseñar políticas públicas que fortalezcan a las familias y como consecuencia, ayuden a contrarrestar las predicciones que el mismo documento plantea, que cada vez habrá menos hijos y más personas que envejecerán solas. ¿No será que son las familias fuertes y unidas las que aporten los hijos (ciudadanos) que necesitamos en el futuro, las relaciones sólidas y significativas que pueden prevenir las enfermedades mentales y al final de cuentas, las que contribuyan a fortalecer el tejido social?
La maternidad: vocación poco valorada y apoyada
El PNP reconoce que muchas mujeres optan por priorizar su desarrollo profesional o su estabilidad financiera antes que la maternidad. En México las mujeres que tienen hijos enfrentan una penalización salarial: la llamada «brecha de maternidad» muestra que el ingreso de las madres cae significativamente respecto al de mujeres sin hijos con perfiles similares. Las licencias de maternidad son de las más cortas de América Latina; las guarderías públicas son insuficientes, las privadas son costosas, y la lista de espera en el IMSS puede durar meses.
A esto hay que agregar que el mercado laboral no perdona la ausencia. Una mujer que reduce su jornada o toma una licencia por maternidad puede encontrar que su trayectoria profesional se frena, que sus oportunidades de ascenso disminuyen. En ese contexto, decir que la baja natalidad es resultado de decisiones libres de mujeres empoderadas es una simplificación que oculta más de lo que revela.
El PNP propone un Sistema Nacional de Cuidados como respuesta a la creciente población dependiente, que es un paso en la dirección correcta, pero lo plantea desde una lógica de “liberar” a las mujeres del trabajo de cuidado para que puedan incorporarse o permanecer en el mercado laboral. Lo que no propone es reconocer el trabajo de cuidado: criar a un hijo, acompañar a un adulto mayor, sostener una familia, son actividades de valor social en sí mismas, que merecen apoyo y reconocimiento independientemente de su impacto en la productividad económica.
Lo que podemos hacer
Si queremos que más personas elijan construir una familia, hay que crear las condiciones reales para que esa elección sea posible y deseable. Eso implica actuar desde varios enfoques al mismo tiempo:
- Cambiar el discurso cultural. Durante décadas, el mensaje dominante, en medios, en publicidad, en políticas públicas, ha sido que tener hijos es una carga, un obstáculo al desarrollo personal, una decisión que hay que pensar mucho y postergar lo más posible. Ese mensaje tiene consecuencias reales en las decisiones de millones de personas. Hace falta también escuchar otras voces: las de familias, matrimonios y parejas con hijos que digan desde su propia experiencia que tener familia sí vale la pena, que da sentido, alegría, pertenencia, y una calidad de vida relacional que ningún éxito profesional puede reemplazar.
- Reconocer el valor intrínseco del cuidado. Criar a un hijo, acompañar a un adulto mayor, sostener el tejido cotidiano de una familia no es un sacrificio privado que el Estado gestiona para que no interfiera con la productividad. Es una contribución fundamental al bien común. Las políticas públicas deben reconocerlo, compensarlo y facilitar que quienes lo realizan no paguen un precio desproporcionado por hacerlo.
- Hacer las preguntas que el PNP no hace. ¿Por qué las mujeres mexicanas tienen menos hijos de los que dicen desear? ¿Qué hace falta para que la maternidad y la paternidad sean elecciones posibles y libres, no renuncias forzadas? ¿Qué tipo de familia queremos fortalecer como sociedad, y qué necesita para prosperar?
- Involucrar a la sociedad civil. El Estado no puede, ni debería, resolver solo la crisis demográfica. Las organizaciones civiles, las comunidades, las familias, las escuelas y las iglesias tienen un papel irreemplazable en la construcción de una cultura que valore la vida, los vínculos y la familia.
Conclusiones
El Programa Nacional de Población 2026-2030 es un documento técnicamente sólido. Diagnostica con precisión los retos demográficos de México pero también refleja una manera de entender a las personas y a la familia que ConParticipación no comparte. Una manera que pone la gestión por encima de la dignidad, la adaptación por encima de la transformación, y la productividad por encima del sentido.
La calidad de vida no se mide solo en lo material, se mide también en vínculos, en presencia, en la certeza de que no caminamos solos. Y eso no lo produce ningún programa de población por sí solo, lo produce una sociedad que decide que la vida en familia vale la pena.
ConParticipación
Fuentes:
[1] https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5787678&fecha=18/05/2026
[2] Ibid.
[3] ibid.
[4] Ibid.
[5] Ibid