Si salimos al centro de nuestra ciudad, nos daremos cuenta de dos cosas. Por un lado, está la sensación de ir de prisa: el tráfico en las calles principales, las filas de gente en las plazas comprando sus regalos, y las agendas saturadas de compromisos sociales, como las posadas del trabajo, familia y/o amigos. Pero por otro lado, nos gusta esta temporada del año porque las cosas son más relajadas y en el fondo anhelamos espacios de encuentro con otras personas.

Nadie celebra la Navidad para estar solo. Incluso la persona más introvertida siente en estas semanas un llamado de mirar a los demás. Y esto no es casualidad. Aunque a veces lo olvidemos, este tiempo tiene su origen en un acontecimiento histórico y teológico que cambió para siempre nuestra comprensión de lo humano: el nacimiento de Jesucristo. La Navidad en la tradición católica conmemora el momento en que Dios buscó el encuentro con la humanidad, sin embargo, no buscamos hablar de teología o religión en nuestro artículo. 

En ConParticipación nos gusta pensar que diciembre es un momento perfecto para recordarnos una verdad antropológica fundamental: no somos islas. En un mundo que a menudo nos invita al individualismo  —a pensar que «yo me basto a mí mismo»—, este tiempo nos grita que nuestra felicidad está inegablemente ligada a la calidad de nuestras relaciones.

Este blog es una invitación a detenernos. A pausar la compra de los regalos, posadas y cenas para reflexionar sobre lo esencial. Nuestra propuesta es que usemos este cierre de año para repensar quiénes somos a través de quienes nos rodean: nuestra familia, nuestros vecinos e incluso esos desconocidos. Porque, como veremos, entender la dignidad del otro es el único camino para entendernos a nosotros mismos.

El dolor y la solidaridad

Para aterrizar estas ideas, no hace falta irnos a los libros de teoría, basta con mirar lo que sucede en nuestras propias calles y casas. A veces pensamos que la solidaridad en México es algo que solo surge en las grandes tragedias, como los terremotos del 85’ o el de 2017, huracanes como el Otis e incluso las lamentables inundaciones en Veracruz este año. Sin embargo, la verdadera «humanización» de México se da en los actos cotidianos, en la participación que busca aliviar el dolor del que tenemos a un lado.

Del mismo modo que la solidaridad refleja lo mejor de nuestra humanidad, también es importante reconocer las situaciones que muestran nuestra vulnerabilidad. El suicidio, por ejemplo, es una de las principales causas de muerte en el mundo, afectando especialmente a los jóvenes; en 2021 fue la tercera causa de muerte en personas de 15 a 29 años. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año más de 720 000 personas mueren por suicidio, lo que evidencia la urgencia de que atendamos la salud mental y fortalezcamos las redes de apoyo en nuestras comunidades [1].

Contrario a la creencia popular de que los suicidios aumentan en diciembre por las festividades, los estudios muestran que las tasas son más altas en primavera y verano, aunque días específicos como Año Nuevo pueden representar picos de riesgo. Aún así, esto subraya la importancia de implementar estrategias preventivas adaptadas a cada contexto, incluyendo acceso oportuno a atención psicológica y el fortalecimiento de vínculos sociales. Así, junto con la solidaridad que surge de manera natural en nuestras familias y amigos, también podemos construir un entorno que proteja a quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad, aún personas desconocidas [2]. 

¿Por qué nos importan los demás? 

¿Por qué sentimos esa punzada en el corazón al ver una necesidad ajena? ¿Por qué la soledad nos duele tanto? Para responder a esto, necesitamos acudir a la filosofía, específicamente al Personalismo Integral de Juan Manuel Burgos, una corriente de pensamiento contemporánea que arroja mucha luz sobre nuestra naturaleza familiar y social.

Juan Manuel Burgos, filósofo personalista, nos enseña que hay una distinción crucial entre ser un «individuo» y ser una «persona». El individuo puede entenderse como una unidad cerrada, un átomo aislado. Pero la persona, dice Burgos, es un ser estructuralmente abierto. Es decir, la persona no se define solo por su capacidad de pensar (racionalidad), sino también por su capacidad de amar y de relacionarse.

1. La estructura de la donación

La persona es un ser digno en sí mismo, pero necesita entregarse a los demás para lograr su perfección. Significa que no podemos realizarnos plenamente si nos quedamos encerrados en nuestro “yo”. Estamos hechos para la donación.​

Cuando en diciembre sentimos el impulso de regalar, de cocinar para otros, de visitar a los abuelos, no estamos solo siguiendo una tradición cultural, estamos respondiendo a nuestra «estructura de donación». Estamos hechos para dar y recibir. Como bien señala Burgos, la persona es un ser dinámico y activo, enraizado en el mundo de la afectividad. Si bloqueamos esa salida hacia los demás, nos secamos.​

“La persona es un sujeto social y comunitario, y su primacía ontológica en relación con la sociedad está contrapesada por su deber de solidaridad en la construcción del bien común” [3].

Durante siglos, la filosofía nos dijo que lo único que importaba era la razón. Burgos, siguiendo la estela de pensadores como Wojtyla o Von Hildebrand, coloca al corazón como centro de la persona.​

El corazón no es mero sentimentalismo barato. Es una dimensión espiritual que nos permite captar el valor del otro. Es el corazón el que nos dice que ese vecino anciano merece un saludo, o que nuestro hijo necesita ser escuchado más que recibir un juguete. 

“La afectividad es una dimensión central, autónoma y originaria del ser humano que incluye un centro espiritual que se identifica con el corazón” [4].

En este mes es la oportunidad perfecta para permitir que nuestro corazón «razone» y nos muestre la dignidad inalienable de quienes nos rodean. Sí, incluso de los que nos caen mal. 

¿Y lo práctico?

Con esta base filosófica y el ejemplo de solidaridad vecinal en mente, te proponemos un ejercicio práctico para lo que resta del mes. Vamos a repensar nuestras relaciones en tres círculos concéntricos, aplicando la mirada personalista: ver al otro como un «quién» y no como un «qué».

A. La familia 

La familia es el lugar natural de la persona. La familia no es un invento, sino una institución que responde a nuestra naturaleza. Sin embargo, en diciembre corremos el riesgo de estar «presentes pero ausentes». Estamos en la sala, pero nuestra mente está en el celular o en los pendientes de fin de año.​

El reto es la verdadera convivencia:

  • Miremos a los ojos. Cuando tu pareja, los niños, tus amigos te hablen, para completamente lo que estás haciendo. La mirada valida la existencia del otro y le dice  “eres importante para mí y te pongo atención”. 
  • Escuchemos y hagamos más preguntas. Por ejemplo, «¿qué fue lo mejor de tu año?» y escuchemos la respuesta sin juzgar y sin interrumpir.
  • Nuestro mayor regalo es el tiempo. Más allá de los juguetes, la ropa, el dinero o los viajes, el mayor acto de donación es nuestro tiempo. Una tarde de juegos de mesa sin pantallas vale más que el celular más caro. Recordemos que la familia es la escuela del amor, el lugar donde aprendemos a ser personas.

B. Nuestros vecinos

Vivimos en ciudades cada vez más densas pero más solitarias. A veces no conocemos ni el nombre de quien vive pared con pared.​

El reto es volver más humanizar nuestro entorno inmediato

  • Este diciembre, saludemos al vecino. No un gesto rápido con la mano, sino un «¡buenos días! ¿Cómo van sus vacaciones?».
  • Si sabes de un vecino mayor que vive solo, llévale un poco de la cena de Navidad o un regalo. Ese gesto le dice: «Tú importas, tú eres digno de la atención tengas la edad que tengas».
  • En el tráfico o en la fila del súper, recuerda que el de enfrente también tiene prisa, también tiene familia y también tiene dignidad. Ceder el paso, por ejemplo, es un acto que reconoce que los demás existen.

C. Los desconocidos 

Finalmente, llegamos al círculo más amplio. Y aquí es importante recordar algo: la dignidad no depende de la cercanía afectiva. Toda persona, por el hecho de serlo, posee un valor infinito. El niño con cáncer, el migrante que cruza nuestro país, la persona en situación de calle.

  • No podemos ayudar a todos, pero podemos tratar con dignidad a todos.
  • Al repartidor que trae tu paquetería, al mesero que te atiende en la posada, al personal de limpieza: démosles las gracias mirándolos a los ojos. Tratémoslos como personas, no como funciones.
  • Participemos en alguna causa, por pequeña que sea. Sabemos que nuestro país sufre de violencia, confusión, dolor, abandono, injusticia…por eso es un buen momento para sumarnos a una colecta, donar ropa en buen estado, ser amables con quien nadie más lo es, o también ser parte de una organización como propósito del 2026. 

Una mirada diferente para el 2026

Diciembre se acabará en unos días. Los adornos volverán a las cajas, el recalentado en algún momento se terminará, y aunque el frío de fin de año se sienta, en algún momento será primavera. Pero lo que no debería terminarse es esta conciencia de nuestras relaciones, es decir, un constante repensar en los demás.

Si algo nos enseña el personalismo es que somos dignos por el hecho de ser personas, pero nuestra felicidad se medirá por la calidad de nuestros vínculos. Al final no somos lo que tenemos, somos con quiénes compartimos, a quiénes amamos y a quiénes servimos.

Nuestra invitación es que, entre nuestros propósitos de año nuevo —bajar de peso, ahorrar, viajar—, incluyamos uno muy imporatante: ¿cómo le hacemos para mejorar la calidad de vida de los que me rodean? Deseamos que el próximo año nuestras relaciones sean más profundas, más atentas y más solidarias. Que veamos en cada persona —desde los niños hasta el desconocido en la calle— a alguien digno de ser tratado con respeto y amor.

Repensar nuestras relaciones es, en última instancia, repensar el sentido de nuestra vida. 


ConParticipación

Fuentes:
[1] https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide
[2] https://www.bmj.com/content/387/bmj-2024-077262
[3] https://www.personalismo.org/filosofia-personalista/
[4] Ibid.