Hay conversaciones que a veces preferimos posponer y la muerte es una de ellas. Sin embargo, tarde o temprano, todos nos vamos a encontrar frente a ella, ya sea como quien está por experimentarla o como quien acompaña a alguien en el proceso de morir. Y en ese momento, las palabras que usamos y las decisiones que tomamos importan más de lo que pudiéramos pensar.

En este blog queremos compartir algunas de las ideas centrales de la conferencia “Eutanasia y bioética”, que impartió el Dr. Raúl Garza Garza, médico cirujano especialista en Anatomía Patológica y Bioética, en una mesa de tesis organizada por la Arquidiócesis de Monterrey y coordinada por ConParticipación [1]. 

La muerte no es lo contrario de la vida, es parte de ella

El doctor Garza comenzó su exposición con una idea sencilla pero que pocas veces reflexionamos: la muerte no es distinta de la vida, es simplemente su último paso. Y si de verdad respetamos la vida, ese respeto debe extenderse hasta su etapa final.

Esta forma de ver las cosas cambia por completo cómo entendemos lo que sucede cuando alguien está muriendo. No se trata de un «problema» que hay que resolver de la manera más rápida o más cómoda, sino de una etapa de la vida que también merece cuidado, presencia y respeto.

«Muerte digna» y «eutanasia» no son lo mismo

Uno de los puntos que el ponente subrayó con más fuerza es que, en el lenguaje cotidiano y en muchos debates públicos, se habla de «muerte digna» como si fuera sinónimo de eutanasia o suicidio asistido. Según explicó, no lo son, y esta confusión de términos es, en sus propias palabras, uno de los problemas más serios del momento actual.

De acuerdo con la RAE (Real Academia Española), la palabra “eutanasia” significa «muerte dulce»o muerte sin sufrimiento físico [2]. Por eso resulta tan fácil que, en el debate público, se use como si fuera equivalente a una muerte digna. En la práctica actual, la eutanasia consiste en terminar activamente con la vida de una persona, ya sea que lo haga directamente un profesional de la salud (eutanasia) o que se le proporcionen los medios para que lo haga ella misma (suicidio asistido). El conferencista explicó que ambas prácticas son formas de eutanasia, aunque se les llame de distinta manera.

El otro extremo: cuando «no dejar morir» también deja de ser digno

El Dr. Garza también abordó el otro extremo de la problemática: la distanasia, es decir, el uso desproporcionado de la tecnología médica para prolongar artificialmente una vida que, en los hechos, ya ha terminado.

El doctor compartió un caso de su propia experiencia como director médico de un hospital: un paciente que llevaba meses en cuidados intensivos, mantenido con vida aparentemente a través de equipos, cuando en realidad ya cumplía con todos los criterios médicos de muerte. La razón detrás de esa prolongación no era médica, sino personal: una familiar quería tener la oportunidad de pedirle perdón antes de que muriera.

Este tipo de historias nos recuerda algo importante: así como hay presión para adelantar la muerte, también existe la presión de negarse a dejar ir a alguien, incluso cuando ya no hay nada que hacer desde el punto de vista médico. Ambos extremos dejan de poner a la persona y su dignidad en el centro.

¿Qué hay entre los dos extremos?

Entre esos dos extremos —adelantar la muerte por un lado y negarse a dejarla ir por el otro— el ponente ubicó el concepto de ortotanasia: la idea de que nadie tiene derecho a interferir en el curso natural de la vida de una persona, ni para acortarla ni para prolongarla de forma desproporcionada. Es justamente ahí, en ese punto medio, donde se encuentra una verdadera muerte digna.

Por eso, una muerte digna, tal como la planteó el doctor, tendría que ver con algo distinto tanto de la eutanasia como de la distanasia: que a la persona se le respete en su totalidad —su cuerpo, su mente, sus emociones y sus relaciones— hasta el final, sin que nadie decida por ella el momento de morir, pero también sin abandonarla a su sufrimiento y aliviando todo el dolor que sea posible aliviar. En esto que acabamos de describir consiste la ortotanasia, que es la opción más humana y ética ante un paciente con una enfermedad terminal.

Esta distinción no es un tecnicismo. Cambia la pregunta que nos hacemos como sociedad: en lugar de preguntarnos «¿en qué momento debería poder decidir alguien morir?», nos invita a preguntarnos «¿qué necesita una persona para no sentir que su única salida es pedir morir?». 

La confusión de conceptos no es un asunto solo académico. El conferencista mencionó que en México, y de forma particular en la Ciudad de México, existe una tendencia legislativa activa para regular la «muerte digna» precisamente bajo la figura de la eutanasia o el suicidio asistido, lo cual —insistió— hace todavía más urgente que la población en general entienda de qué se está hablando realmente antes de tomar postura.

Detrás de muchas peticiones de eutanasia hay soledad, no solo dolor físico

Uno de los planteamientos más humanos de la charla fue este: cuando una persona enferma pide que la ayuden a morir, muchas veces no está pidiendo literalmente eso. Está pidiendo compañía. Está pidiendo no sentirse abandonada.

El doctor señaló que vivimos en una época en la que podemos comunicarnos con cualquier rincón del mundo, pero muchas veces no nos comunicamos con la persona que tenemos enfrente. Esa soledad, ese sentirse «olvidado», puede hacer que alguien pierda las ganas de seguir viviendo, incluso si su cuerpo todavía tiene capacidad de resistir.

Esto nos deja una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuánto de lo que interpretamos como «deseo de morir» es en realidad una llamada de atención sobre lo solos que dejamos a quienes están enfermos?

Curar, aliviar, acompañar: los tres momentos de cuidar a alguien

Uno de los conceptos más útiles de la conferencia, y quizás el más fácil de llevarse a la vida diaria, es esta secuencia:

  • Primero, intentamos curar.
  • Cuando ya no es posible curar, intentamos aliviar.
  • Y cuando ya no podemos ni curar ni aliviar del todo, todavía podemos acompañar y consolar.

Acompañar cuando ya no hay más tratamiento posible, es algo que casi nunca se enseña en las escuelas de medicina, pero es igual de importante que los otros dos puntos. Una persona puede dejar de ser «curable», pero eso nunca significa que deje de merecer ser cuidado.

La verdad, dicha con humanidad

Otro punto que vale la pena destacar es la forma en que se comunican los diagnósticos difíciles. El ponente compartió el contraste entre dos formas de decir la verdad a un paciente: una fría y directa, que causa daño incluso siendo honesta; y otra que, sin dejar de ser honesta, deja espacio para la escucha, la explicación y la compañía.

La idea de fondo es que la verdad y la humanidad no están peleadas. Se puede y se debe decir la verdad a alguien que está enfermo, pero la forma en que se dice también forma parte del respeto a su dignidad.

Un tema inesperado: la inteligencia artificial

Algo que probablemente no esperarías encontrar en una charla sobre el final de la vida es una reflexión sobre el uso de la inteligencia artificial en la medicina. Sin embargo, el doctor lo trajo a colación al hablar sobre la formación de los futuros médicos.

Su preocupación no es que la inteligencia artificial sea mala en sí misma, sino que se use sin criterio: consultar una herramienta de IA y aplicar la respuesta a todos los pacientes por igual, sin tomar en cuenta que cada persona es distinta, con sus propias emociones, relaciones y circunstancias. Como él mismo lo resumió, la inteligencia artificial puede ayudarte a entender una enfermedad, pero no reemplaza el hecho de atender a un enfermo.

Es una advertencia que, aunque nació en el contexto médico, aplica a muchos otros ámbitos de nuestra vida cotidiana: la tecnología puede ser una herramienta valiosa, pero no sustituye el criterio, la relación humana ni la responsabilidad de pensar por nosotros mismos.

¿Por qué hablar de esto ahora?

Entre menos hablemos abiertamente de la muerte, el sufrimiento y el cuidado de quienes están al final de su vida, más fácil es que las decisiones se tomen desde el desconocimiento, el miedo o la urgencia del momento, y no desde la información y el acompañamiento que las personas realmente necesitan.

Una idea para quedarnos con ella

Si hay algo que resume el espíritu de esta conferencia, es que la dignidad de una persona no depende de si puede ser curada, ni del tiempo que le quede, ni de la decisión que otros tomen sobre su vida. La dignidad está en cómo la tratamos: con verdad, con presencia y sin abandonarla, hasta el último momento.

ConParticipación

Fuentes:

[1] Mesa de tesis “Eutanasia y bioética”, 21 de agosto de 2026, https://www.youtube.com/watch?v=H3Yo2kIYT6k

[2] https://dle.rae.es/eutanasia