Desde 2017, los casos de sumisión química en México han registrado un incremento crítico del 160%. El modus operandi se basa en introducir sustancias en bebidas, aprovechando la vulnerabilidad de los usuarios en bares y antros. El 86% de las víctimas es la población joven (entre 15 y 29 años). Los datos revelan una intención que debe alarmar: se estima que el 58% de estos incidentes tienen como fin el abuso sexual, mientras que el resto se vincula a robos y vaciado de cuentas bancarias bajo estados de inconsciencia inducida [1].

La problemática se ve agravada por una cifra negra de impunidad, donde el miedo de las víctimas y la falta de protocolos específicos en las fiscalías ocultan la verdadera magnitud del riesgo. Cabe mencionar que en los últimos 15 años, en la CDMX han fallecido alrededor de 600 personas por el consumo de sustancias químicas en bebidas. Ante estos hechos, la prevención individual y la vigilancia colectiva son las herramientas más efectivas frente a un sistema de justicia que aún no logra contener esta tendencia al alza [2].

El alarmante incremento del 160 % en delitos mediante bebidas adulteradas nos obliga a una reflexión urgente: ¿están los establecimientos asumiendo su parte en la seguridad y, a su vez, estamos los consumidores siendo lo suficientemente conscientes de nuestro propio cuidado?

Si bien el autocuidado y las redes de apoyo son vitales, la integridad de una persona no debe recaer en un solo frente. Es imperativo que los comercios garanticen vigilancia y espacios seguros, pero también que como sociedad no bajemos la guardia. Perder el conocimiento por una sustancia no es solo un riesgo de robo; es quedar expuesto a delitos tan graves como el abuso sexual o la trata. La seguridad es una tarea compartida. 

ConParticipación 

Fuentes: 

[1] infotecnia.com.mx/e-news/nl_img.php?l=7265636f727465732f706f7274616c65732f33323231323330

[2] Ibid.